Hay una palabra en español que sirve dos veces para lo que quiero contar aquí: resaca. Es lo que queda al día siguiente de una noche que nos excedió y es también el reflujo del agua, la potencia de la ola que ya rompió y que arrastra hacia atrás lo que tocó. Las últimas semanas han tenido las dos resacas a la vez. Dos eclipses, una Luna Llena en cuadratura a Eris, una conjunción de Marte y Ceres formándose en Cáncer y, en tierra, un reguero de sucesos que parecen haber estado escuchando el cielo con más atención que nosotros.
No pretendo aquí demostrarle nada a nadie que no quiera ver. Los y las astrólogas llevamos milenios observando esta correspondencia entre lo que ocurre arriba y lo que se manifiesta abajo: «as above so below»como dicen los textos herméticos o «así en la tierra como en el cielo» como dice el Padre Nuestro; lo único distinto ahora es la velocidad con que los medios registran el segundo término de la ecuación. Lo que sigue es simplemente el registro, el mismo tipo de registro que llevo haciendo en el blog desde 2007, de una secuencia que, mirada entera, tiene la coherencia de un solo relato contado en varios idiomas: el idioma de la tierra, el del agua, el de la frontera, el del fuego, el del Cosmos.
LA HERIDA ABIERTA: LUNA LLENA EN ACUARIO, 29 DE JULIO
Kirón y Eris llevan tiempo conjuntos en Aries, la herida y la discordia compartiendo signo, compartiendo grado, ambas habitando el gesto más crudo del zodiaco: la afirmación del yo, del territorio, del límite. Es una configuración de fondo, casi tectónica, sobre la que ya he escrito extensamente: el trauma colectivo de la pertenencia y la exclusión, la cicatriz que Aries lleva por ser el primero, el que abre camino a costa de quedar expuesto, el que toma el riesgo de dejar atrás lo conocido, lo seguro.
El 29 de Julio, la Luna Llena en Acuario, signo de la tribu, de lo colectivo, pero también del exiliado, del que Urano expulsa del círculo, activó esa herida de fondo y la hizo visible. Y lo hizo en dos idiomas casi simultáneos. Un día antes, el 28 de julio, la tierra se abrió en Kumamoto, Japón: un terremoto de magnitud 7,1, más de treinta muertos, la cara telúrica de Aries, la ruptura súbita, cardinal, sin mediación. Y en las horas que siguieron a la Luna Llena exacta, la frontera se abrió en Ceuta: miles de personas cruzando de golpe, al menos dieciocho muertos, la cara social de la misma arquitectura arquetípica, el límite territorial roto por cuerpos, la pertenencia disputada en la carne.
No son dos confirmaciones separadas de una teoría. Son una sola firma arquetípica leída dos veces, en dos registros distintos del mismo momento cósmico.
ECLIPSE SOLAR EN LEO, 12 DE AGOSTO
El 12 de agosto el Sol se eclipsó en Leo, a 20°02′, el punto solar, el centro vital, el principio de la soberanía individual, oscurecido. Y ese eclipse quedó enmarcado casi simétricamente por dos terremotos en el Cinturón de Fuego del Pacífico: Colombia, el 10 de agosto, magnitud 7,4, en Chocó, dos días antes, con el aspecto todavía aplicando, todavía cerrándose; e Indonesia, el 14 de agosto, magnitud 7,7, frente a Flores, dos días después, ya en fase de separación.
Que el eclipse caiga casi literalmente montado sobre la falla que lo enmarca no es una coincidencia menor. Un eclipse solar no es solo «un evento más» en el calendario lunar: es el momento en que el principio de identidad colectiva —el Sol— queda temporalmente eclipsado, y lo que emerge en esa oscuridad tiende a ser justamente aquello que la luz normalmente mantenía sometido, escondido. El temblor que llega antes tiene la calidad de la anticipación; el que llega después, la de la consecuencia.
LA TIERRA HERIDA: MARTE-CERES EN CÁNCER, APLICANDO, ANGULAR
Esta es, para mí, la pieza más elocuente de toda la secuencia, y la que exige la lectura técnica más precisa. Marte entró en Cáncer el 11 de agosto; Ceres lo siguió el 12 o 13, y quedó, según se cuenta, «encendida de inmediato por Marte», es decir, la conjunción se formó casi en el instante mismo de la entrada de Ceres al signo, y se mantuvo aplicando, cerrándose, en las dos semanas siguientes.
Ceres no es simplemente «la naturaleza» en abstracto. ES la Pachamama. Es la madre que se enfurece y deja la tierra estéril cuando le arrebatan lo que ama, esa es la médula real del mito de Perséfone, no una versión edulcorada de diosa vegetal. Marte es la hoja, el cuchillo, el hacha, la fuerza que corta. Cáncer es la casa, el vientre materno, el agua ancestral. Una conjunción de ambos formándose —todavía aplicando, todavía en proceso de cerrarse— en Cáncer, no es una lectura forzada de «inundación», como lo dije en mi artículo anterior sobre este eclipse lunar: es casi la traducción literal del símbolo.
Y hay un dato técnico que no quiero dejar fuera, aunque exija del lector cierta familiaridad con la astrología mundial: en la carta levantada para el momento y el lugar ( el más cercano a los eventos que he encontrado) exactos del colapso glaciar del 26 de agosto en la frontera entre Tíbet y Nepal, esa conjunción Marte-Ceres cae sobre el Medio Cielo. El MC es el punto más público de una carta, el punto donde un suceso deja de ser privado y se convierte en acontecimiento visto, testimoniado, noticia. Que la conjunción caiga justo ahí, en el instante en que casi mil personas quedan desaparecidas bajo el lodo y el agua, es la clase de detalle que a mí me quita el sueño, en el buen sentido.

Cuarenta y ocho horas después de esa catástrofe llegó el Eclipse Lunar en Piscis.
EL CIERRE: ECLIPSE LUNAR EN PISCIS, 28 DE AGOSTO
El eclipse del 28 de agosto —parcial, a 4°54′ de Piscis, en oposición a Virgo— formando una T-cuadrada exacta a Urano, el Señor de lo imprevisto, de lo inesperado, de lo impredecible, cierra el arco que abrió la Luna Llena de julio. Piscis es la disolución, el inconsciente oceánico, el duelo sin bordes; Virgo es el cuerpo ordenado, la cosecha, el mundo hecho de límites prácticos y de servicio. Un eclipse lunar en ese eje, todavía aplicando cuando la montaña se derrumbó sobre los pueblos del Himalaya, es la disolución de la tierra ordenada (Virgo) en agua y duelo (Piscis) representada con una literalidad que ya no necesita interpretación forzada: solo hay que mirar la fecha.
UNA TEMPORADA, NO UNA LISTA DE COINCIDENCIAS
No sabemos todavía cuál podría ser el mecanismo que relaciona ciertos momentos del ciclo Sol-Luna con procesos terrestres o sociales. Es posible que nunca exista un mecanismo simple. Pero la ausencia de un mecanismo conocido nunca ha sido una razón suficiente para dejar de observar.
La astrología nació precisamente de esa actitud.
Durante miles de años, hombres y mujeres contemplaron el cielo y registraron pacientemente las correspondencias entre los movimientos celestes y los acontecimientos de la Tierra. No comenzaron con teorías. Comenzaron con observaciones. Los Sumerios y lo Babilonios hicieron un trabajo de fondo extraordinario. Éstos últimos calcularon los Nodos Lunares y el hecho que los eclipses ocurren en series que llamaron Saros.
Quizá la verdadera pregunta no sea si los eclipses producen estos acontecimientos.
La pregunta es si seguimos siendo capaces de observar la realidad con suficiente apertura como para reconocer patrones antes de descartarlos por no encajar todavía en nuestros modelos explicativos.
Después de todo, la historia de la ciencia está llena de fenómenos que primero fueron observados y sólo mucho más tarde comprendidos.
Si uno mira esta secuencia como una lista de sucesos sueltos, cada uno «cerca» de una fecha astrológica, el argumento se siente anecdótico y con razón, porque leído así lo es. Pero si se mira como lo que en realidad es: una temporada de eclipses que abrió un corredor, dentro del cual una herida colectiva de fondo (Kirón-Eris) y una firma de ruptura materna en formación (Marte-Ceres) encontraron ambas terreno para manifestarse. Entonces, los eclipses dejan de ser sucesos aislados entre los demás y se convierten en lo que técnicamente son: el marco, la puerta, no el contenido.
Los sismólogos seguirán explicando la falla, la presión, el deshielo — y hacen bien, es su oficio y su instrumento no tiene un lugar donde insertar una conjunción Martes-Ceres. En nuestro trabajo sí. Llevamos observando esta correspondencia mucho más tiempo del que llevan existiendo los sismógrafos; lo único nuevo es que ahora el segundo término de la frase — Así en la Tierra como en el Cielo— nos llega en tiempo real, con fotografías satelitales y cifras de desaparecidos, en lugar de por vía de crónicas y cartas escritas meses después. La correspondencia siempre estuvo. Lo que cambió fue la velocidad con la que podemos, por fin, verla completa mientras todavía está caliente.
La astrología lleva más de dos mil años observando estas correspondencias. La pregunta ya no es cuánto tiempo más debemos seguir observando. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más será necesario para que estas observaciones, acumuladas durante siglos y hoy además documentadas de forma pública y cronológica, sean consideradas un objeto legítimo de investigación interdisciplinaria.
Y como siempre: para lecturas privadas conmigo y particularmente la influencia de este tránsito de Jupiter en Leo o de Kirón en Tauro en tu vida, ve a: https://www.astrologiaarquetipica.com/lecturas-privadas/
Aunque Roberto y José Antonio se han ido de vacaciones y por tanto hemos hecho un alto en los podcasts siempre puedes escuchar nuestros episodios de Astrología Música y Tomate en YouTube: https://www.youtube.com/@astrologiamusicatomate o también en cualquiera de las otras plataformas de podcast de tu preferencia, estamos en todas! y por favor suscribirse. Es gratis. y/o darnos un like ;-D






Debe estar conectado para enviar un comentario.